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Matérika 14

Eugenia Zavaleta

Felo García: Los comienzos del artista

Como pórtico a la presente entrega de Matérika, totalmente dedicada a la obra y al significado cultural y social de la personalidad de Felo García, hemos considerado de interés publicar algunos pasajes de “Los inicios del arte abstracto en Costa Rica (1958-1971)”, de Eugenia Zavaleta (Ediciones del Museo de Arte Costarricense, 1994).


En este trabajo, la conocida investigadora, da cuenta de los primeros años de actividad artística de Felo y enmarca ese periodo en los comienzos mismos del arte abstracto en nuestro país.


Al presentar ese libro, dijo el historiador Iván Molina Jiménez:


“El crítico especializado encontrará en la obra de Zavaleta un competente y exhaustivo examen del tema; sin embargo, su trabajo es a la vez un útil y provechoso modelo de investigación, cuyo atractivo no será ajeno a los estudiosos que aspiran a una visión de conjunto de lo social. Eugenia, en su desvelo por superar la simple descripción y comentario de pinturas y artistas, explora con acierto el vínculo entre cultura y sociedad. El arte abstracto, lejos de ser visto como un evento aislado, es elevado a la categoría de proceso: complejo, diverso y asociado con una época específica”.


En el año 1958 se realizaron en el Museo Nacional, tres exposiciones en las que se exhibieron pinturas abstractas. Los responsables de dichas muestras fueron Lola Fernández, Rafael Ángel “Felo” García y Manuel de la Cruz González. De esta forma, se erigieron como los artistas que marcaron los inicios del arte abstracto en Costa Rica.


En la década de 1960, Fernández, García y González se convirtieron en elementos fundamentales para cimentar el arte abstracto en Costa Rica. Después de haber estado varios años en el extranjero, estos tres creadores regresaron al país con nuevas ideas e inquietudes, pero se encontraron con un panorama estático. Junto a otros artistas, que habían recorrido cominos similares y que traían consigo los mismos ímpetus, comenzaron a dinamizarlo. Este aspecto será considerado con el propósito de evidenciar el apoyo que le brindaron a la pintura no figurativa para asentarla en nuestra tierra.


La labor efectuada por los tres pintores, apoyada por otros creadores, significó un cambio radical para el ambiente plástico de Costa Rica. Se entró en contacto con el arte de vanguardia; los artistas y el público, en general, tuvieron que empezar a asimilar corrientes artísticas que les eran casi totalmente desconocidas. Después de 1958 y de los sucesos generados a partir de ese momento, la plástica costarricense cambió considerablemente su fisonomía.


Primer paso hacia la abstracción

La gestación del arte abstracto en Costa Rica se inició prácticamente en 1948. En ese año, Lola Fernández y Manuel de la Cruz González viajaron al exterior; un año antes lo había hecho Rafael Ángel “Felo” García. Esta experiencia significó para los tres artistas una apertura de sus horizontes plásticos; se encontraron con un medio artístico totalmente diferente al de su país y se enfrentaron a nuevas corrientes estéticas, ya fueran figurativas o abstractas, lo cual más tarde se tradujo en su entrega a la abstracción.


Fernández encontró en Colombia e Italia el sustento que la impulsaría a adherirse al expresionismo abstracto. García se dirigió a Inglaterra y allá se acogió a dicha tendencia. González viajó a Cuba y Venezuela, en donde las experiencias vividas lo enrumbaron tanto hacia el expresionismo abstracto como hacia la abstracción geométrica.


De estudiante de arquitectura a futbolista

La urgencia de Rafael Ángel “Felo” García de seguir la carrera de arquitectura y la escasez de profesionales en dicho ramo en Costa Rica, le valieron que el gobierno del Presidente Teodoro Picado le otorgara una beca de estudios. Fue así como en 1947 se encontró viajando hacia Londres para estudiar en el Hammersmith College Building and Arts.


Durante su estadía en Londres, tuvo su primer contacto con la pintura europea a través de galerías; su interés, sin embargo, se mantuvo concentrado en sus estudios de arquitectura. En realidad, la beca le duró poco; se la suspendieron en el momento en que cursaba el segundo año, al estallar la Revolución del 48. Este cambio de circunstancias lo llevó, como dice el propio artista, a quedarse “por ahí tirado por un tiempo”.


Así fue como García llegó a Cuba, en donde halló en el fútbol profesional un modus vivendi. El artista permaneció alrededor de dos años en este país, desempeñándose en dicha ocupación. Durante su estadía en La Habana, tuvo la oportunidad de conocer y compartir con Manuel de la Cruz González, quien en ese momento se encontraba autoexiliado en la isla caribeña. Este encuentro produjo en García una comprensión más clara de lo que significaba para él la pintura, un modo de expresión vital. El entonces futbolista recuerda haber asistido a varias exposiciones de González y de haber “garabateado” de vez en cuando con su compatriota. De esta época es la bien conocida anécdota que cuenta como ambos acordaron que el primero en llegar a Costa Rica “lo sacudiría todo”. Sin embargo, García todavía no pintaba; el fútbol le consumía todo el tiempo.


El pintor pasó de Cuba a Colombia para continuar jugando el mismo deporte. Allí ya sí comenzó a dibujar con mayor constancia, enfocó su tema de interés en los tugurios de los barrios bajos de Cali, Medellín y otras ciudades. Asimismo, visitó exposiciones en las que pudo apreciar la obra de artistas como Omar Rayo y Fernando Botero.


Comienzo del mundo plástico costarricense

Finalmente, en 1951, García regresó a Costa Rica. Aquí siguió ligado al fútbol, pero también entró a laborar en el Ministerio de Obras Públicas y Transportes. El artista conoció en esa institución a Teodoro Quirós –arquitecto y pintor– con quien entabló una relación que calaría para toda su vida. Quirós se convirtió en su profesor y con él comenzó a pintar con más dedicación, tal como lo manifiesta el artista: “Tal vez, don Quico (…) y un poco Manuel, pero yo diría que entre los dos, don Quico más me influenció para realmente dedicarme a pintar”. También valoriza de dicha relación el hecho de que lo pusiera a crear como él sentía y no como lo hacía su maestro. Por otra parte, García tenía muy claro que él no quería ser una imitación de su profesor.


Junto a Quirós, trabajó mucho el paisaje rural, utilizando, sobre todo, la técnica de la acuarela y un poco el óleo y la mixta. Sin embargo, aquellos cuadros que estaba produciendo lo llevaron a cuestionarse cuál era la pintura que más sentía. El paisaje lo atraía, pero no lo satisfacía del todo. Sabía que necesitaba algo más, que se identificara mayormente con sus propios sentimientos, en realidad, tenía el ímpetu de encontrar aquello que llenara sus expectativas en pintura, sin saber tampoco cuáles eran éstas. Probablemente, este conflicto surgió cuando García enfrentó el punto de vista de los dos artistas que lo habían influido profundamente, pero que se contraponían rotundamente, o sea, el de González y el de Quirós. El problema se resolvió cuando regresó a Inglaterra en 1954.


De nuevo hacia Inglaterra

La insistencia de García en cuanto a la escasez de arquitectos en el país fructificó con una beca otorgada por el gobierno de Francisco Orlich para continuar sus estudios de arquitectura en su antigua universidad. Ahora, con más noción de su interés por la pintura, encontró que el panorama plástico londinense respondía a sus interrogantes con el expresionismo abstracto. La búsqueda concluyó al descubrir que los actores principales de la obra podían ser los elementos plásticos de la pintura –color, forma, línea, espacio, textura, movimiento– y no la realidad objetiva, consideración que en un medio como el costarricense hubiera sido muy difícil de estimar. Los cuadros en que se exponían los nuevos movimientos los estudió y los analizó –cómo estaban ejecutados, cómo eran sus trazos, qué instrumentos se habían utilizado–, procedimiento que lo fue conduciendo hacia la abstracción.


En su marcha hacia este nuevo rumbo, halló un apoyo en la formación, en 1954, del grupo Nueva Visión. Varios estudiantes del Hammersmith College of Building and Arts, entre los cuales estaban, además del pintor costarricense, el sudafricano Dennis Bowen y un checoslovaco, trabajaban en la BBC desempeñándose en las diferentes especializaciones del diseño –publicitario, industrial, escenográfico– con el objeto de obtener ganancias extras. Posteriormente, estos mismos estudiantes decidieron ponerse a pintar, a intercambiar ideas y a criticarse. Así fue como se formó el grupo Nueva Visión, cuyo nombre –como muy acertadamente lo indicó el historiador del arte Willy Montero– patentiza la perspectiva más amplia tras la cual andaba García.


Expusieron varias veces, como por ejemplo en el Hammersmith College Building and Arts, en The Coffee House Northumberland (1955) y en The New Vision Gallery (1956), fundada por la agrupación. Además de esto, García también tuvo la oportunidad de asistir a las actividades culturales que una ciudad como Londres le podía ofrecer: ballet, teatro, conciertos, galerías, museos. Y tampoco desaprovechó la oportunidad para viajar por el resto de Europa.


… Y sacudió todo


A finales de 1956, Felo García regresó a Costa Rica con un horizonte más amplio, el cual quiso mostrar a sus compatriotas. Pero lo que encontró fue un horizonte plástico “miserable”. Ya había pasado aquella época de los Salones Nacionales, auspiciados por El Diario de Costa Rica, periodo de casi diez años (1928-37) que había sido uno de los más dinámicos e importantes en la plástica costarricense. Bajo la batuta de Teodorico Quirós, estas exhibiciones, realizadas anualmente en el Teatro Nacional, dieron la oportunidad de exponer, por primera vez, la obra de “los artistas que posteriormente darían fisonomía propia al arte costarricense: Amighetti, Max Jiménez, Juan Rafael Chacón, Francisco Zúñiga”. La agitación que generaron condujo al intercambio de ideas entre los creadores plásticos, suscitó la crítica, la polémica y ayudó al desarrollo de un fuerte movimiento que giró, en gran medida, en torno al tema de la casa de adobe. Sin embargo, al concluir las exposiciones, toda esa actividad desapareció casi por completo. En los años siguientes, fueron pocas las exhibiciones importantes y las que nuevamente causaron interés en el público y produjeron polémica; tal es el caso de la muestra de Max Jiménez, presentada en 1946 (Universidad de Costa Rica), y la de Margarita Bertheau, en 1947.


Este fue el panorama que García tuvo que enfrentar a su arribo al país. El artista recuerda el arte costarricense de este período así: “(…) era tan intrascendente que el conformismo había inundado todos los medios (...) Los artistas andaban en pequeños grupos apoyándose unos a

otros en su propia obra”; sin embargo, no hacían nada por terminar con aquella condición en que se encontraban. El pintor dice saber que la gente estaba produciendo, pero no tiene idea de qué hacían con sus creaciones, porque éstas casi no se vendían y las exposiciones eran pocas; atribuye esta situación a que el país no estaba preparado cultural ni intelectualmente. Concluye, en todo caso, que la obra de los que estaban activos "era intrascendente, no llegaba a ninguna parte"; continuaba prevaleciendo el paisaje rural. En definitiva, considera que el medio casi ni existía.


La actitud que adoptó García fue la de ponerse a trabajar; pintó todo el año de 1957 con el objeto de hacer una exposición, En el ínterin conoció a César Valverde, a Harold Fonseca y volvió a encontrarse con Manuel de la Cruz González. Tanto para este último como para García fue muy estimulante descubrir que ambos estaban corriendo por caminos paralelos; y

volvieron a retomar lo que años atrás habían prometido en La Habana. Los dos artistas solicitaron la sala de exposiciones del Museo Nacional, casi el único lugar que les ofrecía un sitio para exhibir sus trabajos; y así, el orden de las muestras, como también la de Lola Fernández, quedó establecido por la agenda de dicha institución.


El 21 de noviembre de 1958, Felo García inauguró en el Museo Nacional su exposición, la segunda muestra de arte abstracto que se realizaba en Costa Rica. Fue auspiciada por la Asociación Costarricense de Arquitectos.


El pintor presentó veintisiete óleos y doce dibujos dentro de la tendencia del expresionismo abstracto, y dieciséis acuarelas figurativas. En realidad, las obras que causaron un gran impacto fueron las no figurativas.


En una entrevista realizada por La República, García hizo el siguiente comentario sobre la exposición: "Realmente digo que para mí fue uno sorpresa enorme el éxito que tuvo (...)" Sin embargo, años después, García manifestó que le exposición causó un "impacto espantoso", que las personas se reían de las obras y concluyó que "la gente nunca había visto tanta cantidad de cosas extrañas, manchas, líneas...". Asimismo, recuerda que surgió la burla, decían que no sabía dibujar, que se le había regado la pintura o que había brincado encima de las pinturas.


Estos dos juicios de apreciación de García, tan diferentes, sobre la acogida que tuvo la muestra, probablemente se deban a que en el primero prevaleció el entusiasmo y el ímpetu ante una labor que estaba iniciando; así lo denotan sus declaraciones emitidas en a entrevista de La República: "Me siento optimista –se refería al movimiento artístico que se estaba dando en 1958– estuvimos estancados por muchos años.  Se pintaba con fórmulas hechas. Ahora hay un movimiento renovador".


No cabe duda de que la exhibición causó una gran impresión, sobre todo en los artistas jóvenes. (...) Toda esta situación de expresiones de disgusto de unos y de complacencia de otros, evidencia que se estaba gestando un cambio en la plástica costarricense.


A pesar de las adversidades enfrentadas por los creadores plásticos de vanguardia, las circunstancias fueron cambiando: en buena medida, Lola Fernández, Felo García y Manuel de la Cruz González se encargaron de esto. Los dos primeros se ocuparon de dar a conocer el arte abstracto desde las aulas de la Universidad de Costa Rica; mientras que González lo hizo impartiendo conferencias sobre el tema. Además, los tres artistas con sus respectivas exposiciones sembraron la semilla para el florecimiento del Grupo Ocho y el Grupo Taller, puntos desde los cuales la abstracción, además de la plástica en general, tomaría un fuerte impulso para arraigarse en el país.


EugeniaA Zavaleta  (Costa Rica)

Historiadora, investigadora, curadora.  Ha escrito y editado diversos volúmenes sobre el arte y la cultura costarricense. 

 

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